Domingo, Mayo 24, 2020

Dr. Q.F. Hernán Vergara Mardones

La colusión de las farmacias no se corrige vendiendo medicamentos en cualquier parte.

Experiencias vividas demuestran que los precios de medicamentos no bajan en supermercados.

El medicamento es un producto especial, distinto. Es un bien social que merece el mayor respeto. No es un bien de consumo.

Por ello no se puede entender que los Ministerios de Hacienda (!) y de Salud se hayan empeñado tan tenazmente en poner medicamentos lo más lejos posible de la atención, vigilancia y control profesional; lo más cerca del riesgo sanitario.

Las deficiencias que muestra el mercado farmacéutico, entre ellas la colusión de las farmacias y los altos precios de los fármacos, fueron engendradas por la desregulación farmacéutica que decretó la dictadura de Pinochet para acomodar las farmacias al sistema de libre mercado. Nunca se debió someter al medicamento a las normas libremercadistas. Ahora se pretende crear un sistema peor.

Los supermercados y los almacenes de barrio no cumplen las exigencias que requieren los medicamentos: seguridad, conservación, vigencia, autenticidad e información.

En las farmacias, aunque no funcionen satisfactoriamente, tanto por su exacerbado mercantilismo como por la falta de control, hay un profesional que es el responsable legal de cuanto se haga o no se cumpla en tales establecimientos. ¿Quién se hará responsable en un sistema tan abierto como el que se propone? ¿El ministro Mañalich?

El presidente del Colegio Médico, el doctor Enrique Paris, un reconocido toxicólogo, ha dicho en varias oportunidades que la mayoría de las intoxicaciones que se registran en Chile son producidas por fármacos. En Estados Unidos se gasta anualmente más de 80 billones de dólares para reparar los disturbios originados por un sistema de acceso abierto a los medicamentos.

En Argentina, donde funcionó durante 15 años el modelo que se pretende replicar ahora en Chile – para ser finalmente derogado por unanimidad legislativa – produjo un aumento importante de intoxicaciones. De paso, agreguemos que también hubo un aumento considerable de los precios (Informe COFA, 2011).

Por otra parte, no hay que ser muy despierto para prever que junto a los medicamentos sintomáticos muy pronto, aparecerían fármacos de prescripción en los estantes de supermercados. ¿Quién evitaría que eso no ocurriese?

En Chile no hay medicamentos falsos, no se venden fármacos sin registro sanitario ni vencidos, no hay productos farmacéuticos adulterados ni contaminados. Esta situación no ocurre azarosamente. Es el efecto de la barrera farmacéutica de protección sanitaria que Mañalich pretende destruir. Por eso el Colegio Farmacéutico ha defendido con tanta fuerza el servicio que sus profesionales brindan a la comunidad.

Hace casi cuatro años que el gobierno está empeñado en banalizar el medicamento. Ha sufrido derrota tras derrota. Ha modificado su estrategia agregando temas de difícil factibilidad para desviar la atención. Es decir, se la ha jugado entera. ¿Qué poder tan grande está detrás de este afán digno de mejor causa y destino?